Después de recibir un diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA), muchos padres se hacen una pregunta difícil:
¿Debo decírselo a mi hijo? ¿Cuándo es el mejor momento?
La respuesta no depende solamente de la edad.
Depende de cuánto puede comprender el niño, de las preguntas que comienza a hacerse y, sobre todo, de si está intentando encontrar una explicación para aquello que siente diferente.
No tienes que explicarle todo de una vez
Hablar sobre autismo no tiene que convertirse en una gran conversación llena de términos difíciles. Podemos comenzar por aquello que el niño ya conoce de sí mismo.
Por ejemplo:
“Has notado que algunos sonidos te molestan mucho más que a otras personas. Tu cerebro recibe y procesa algunos sonidos de una manera diferente.”
O: “A veces es difícil saber si alguien está hablando en serio o haciendo una broma. Podemos aprender algunas pistas que te ayuden a entenderlo.”
Primero hablamos de cómo se siente y cómo funciona. Más adelante podemos ponerle un nombre.
La explicación debe crecer con el niño
Con un niño pequeño podemos hablar de diferencias de una manera muy sencilla:
“Todos los cerebros son diferentes. Hay cosas que para ti son fáciles y otras para las que necesitas un poquito más de ayuda.”
Cuando el niño crece y empieza a preguntarse por qué se siente diferente, podemos explicar más.
Y durante la adolescencia probablemente necesitará comprender con mayor profundidad qué significa ser autista, cómo influye en su manera de relacionarse, aprender, comunicarse o experimentar el entorno.
Por eso, hablar del diagnóstico no debería ser una única conversación.
Es una conversación que cambia y se hace más profunda a medida que el niño crece.
Habla también de sus fortalezas
Conocer el diagnóstico no debería convertirse en una lista de todo aquello que al niño le cuesta. También debemos ayudarlo a reconocer sus capacidades.
Puede tener una gran memoria, aprender muchísimo sobre los temas que le interesan, observar detalles que otras personas pasan por alto, ser muy constante o desarrollar habilidades particulares en determinadas áreas.
Pero tampoco necesitamos convertir cada característica en un “superpoder”.
El mensaje puede ser mucho más sencillo:
“Hay cosas que se te dan muy bien y otras que necesitan más esfuerzo o ayuda. Y eso también forma parte de quién eres.”
El diagnóstico puede ayudarlo a entenderse
Un diagnóstico explicado adecuadamente puede responder preguntas que el niño ya se estaba haciendo.
Puede ayudarlo a comprender:
“Ahora entiendo por qué me pasa esto.”
Y esa comprensión puede ser importante para desarrollar autoestima, aprender a pedir ayuda y descubrir estrategias que le permitan desenvolverse mejor.
Por eso, cuando hablemos del TEA, hay un mensaje que debería quedar muy claro:
El autismo es una parte de ti, pero no explica todo lo que eres.
Tu diagnóstico puede ayudarnos a comprender mejor algunas cosas que necesitas, pero no determina tus sueños, tus capacidades ni todo lo que puedes llegar a hacer.
Entonces, ¿cuándo debo decírselo?
Más que buscar una edad exacta, observa a tu hijo.
Cuando comienza a preguntarse por qué algunas cosas le resultan diferentes, por qué recibe determinados apoyos o por qué experimenta ciertas situaciones de otra manera, probablemente ha llegado el momento de empezar a conversar.
No necesitas tener todas las respuestas.
Puedes comenzar con algo tan sencillo como:
“Quiero ayudarte a entender un poquito mejor cómo funciona tu cerebro.”
Y desde allí ir construyendo la conversación juntos.
En Avanza creemos que comprender también forma parte del acompañamiento
Hablar con un niño sobre su diagnóstico requiere sensibilidad, respeto y palabras adecuadas para su edad.
No se trata de colocar una etiqueta.
Se trata de darle herramientas para conocerse, reconocer lo que necesita, valorar sus fortalezas y aprender a pedir ayuda.
Porque conocer su diagnóstico Debería ayudarlo a pensar:
“Ahora entiendo un poco mejor cómo soy, qué necesito y qué cosas pueden ayudarme.”
Cada niño tiene su propio camino para comprender quién es y qué necesita. Como adultos, nuestra tarea no es tener todas las respuestas, sino estar disponibles para escucharlo, acompañarlo y ayudarlo a descubrir sus propias fortalezas.
Porque cuando un niño se siente comprendido, también aprende a comprenderse.
Autora: Angélica Cuns
Neuropsicóloga